dilluns, 4 d’abril de 2011

Amigues


A todas las mujeres que saben ser amigas
Isabel Aler Gay, Feminista y madre


"Pasan los años y nuestro príncipe azul se destiñe mientras las amigas nos ayudan a dar calor y color a la realidad que nos va tocando al vivir. ¡Cuánto se ha escrito o hablado sobre la pareja que tenemos, deseamos o hemos perdido, y qué poco sobre la importancia de la amistad entre las mujeres! En realidad es mejor no comparar estas dos relaciones, pues, como dice una de mis mejores amigas: “no echemos más leña al fuego que tal cómo están hoy nuestros adorados hombres, bastante cuesta ya asumir a veces las consecuencias de la propia heterosexualidad”, y vaya que tras esas palabras nos deja a sus contertulias con la risa puesta y la mirada furtiva hacia semejante complicidad entre las amigas. Pero, ¿por qué está tan poco reconocida social y culturalmente la amistad entre las mujeres?. Y es que la vida no sería vida sin las amigas. Algunas viajan con nosotras desde la infancia, la adolescencia o la juventud, ya desde el colegio, el instituto o la universidad. Con otras iniciamos la amistad siendo ya más adultas, coincidiendo en algunas actividades domésticas, laborales o de voluntariado. Otras aparecieron milagrosamente cuando más las necesitábamos, en aquel tiempo en que vimos las orejas al lobo, y se quedaron ya para siempre. Con algunas tejemos nuestra amistad en los escasos espacios que podemos dedicar al descanso y al disfrute, o en los encuentros que realizamos para nuestro crecimiento personal. Haberlas también las hay que pasaron de ser ‘la mujer de’ a tener nombre propio como amigas. A veces la vida nos facilita las cosas y maduramos mejor con la amistad de algunas de nuestras hermanas, primas, cuñadas, vecinas o compañeras de trabajo. A menudo las más leales y reales de nuestras amigas se encuentran entre las madres de quienes juegan, estudian, pelean y hacen las paces con nuestros hijos e hijas. ¡Ay si no fuera por las amigas!

Las amigas han sido y son con gran frecuencia el salvoconducto para la supervivencia material y el bienestar emocional no sólo de las propias mujeres, sino también indirectamente de muchas de las personas que todavía hoy dependen de nosotras por ser menores, mayores o estar enfermas. Hasta tal punto ello es así, que la amistad entre las mujeres de puertas a dentro ha sido tradicionalmente tolerada, por necesidad aunque con recelo, por quienes al mismo tiempo se oponían al reconocimiento de los derechos de las mujeres (y a la amistad entre ellas) de puertas afuera, es decir, en los ámbitos laborales, recreativos o cívicos del espacio público. Las mujeres, privadas de libertad pero mutuamente dotadas con su recíproca amistad en las sociedades tradicionales, han ido tejiendo la afectiva y efectiva red social invisible con texturas tan orgánicas como anímicas: la empatía, la compañía, la solidaridad, el cariño, el desahogo y el consuelo, el abrazo, el cuidado, la ayuda, la escucha, el apoyo, el consejo, la sugerencia, la confidencialidad, la complicidad, la común pero silenciada intuición, los recados y los detalles, las recetas culinarias y los remedios de salud, los desvelos, los nacimientos y los entierros, la sutileza, la fortaleza y la incondicionalidad en el sostén cotidiano.

En cambio en las sociedades modernas actuales las amigas transitamos del espacio privado al espacio público con antiguos afectos y heredados desperfectos, y con nuevos desafíos y retos. La nueva política de puertas abiertas pero de escaleras y accesos maltrechos entre lo familiar y lo laboral, es decir, entre lo doméstico y lo económico, nos lleva hoy a darnos cuenta de que la amistad entre las mujeres es única a la hora de hacer posible lo imposible: trabajar para vivir sin inmolarnos en el intento de disfrutar de nuestros derechos como ciudadanas. Se trata de poder habitar y convivir dentro y fuera de casa sin sucumbir, gracias a la presencia compartida de las amigas, en la desolación de actuar enajenadamente a favor o en contra de un mundo en gran medida dirigido por la rivalidad, la ambición de conquista y posesión masculinas. De hecho la amistad entre las mujeres contribuye a evitar de forma más o menos visible pero decidida, con sutiles gestos y manifiestos hechos cotidianos, la cada vez más amenazadora destrucción de un mundo maltrecho por la enemistad entre los hombres. Y siendo esta última una visión genérica pero abierta de miras acerca de la sociedad humana, es preciso reconocer también y tratar en otra ocasión, la existencia de una variada gama de situaciones y excepciones entre ambas polaridades, que se refieren tanto a la amistad entre los hombres y a la enemistad entre las mujeres, como a la amistad y la enemistad entre las unas y los otros.

Las mujeres que cuentan con auténticas amigas saben por experiencia propia y compartida que la regla de nuestra vida no es una métrica del tamaño ni de la velocidad en vertical o en línea recta, sino un ritmo de mareas cíclicas, que van y que vienen, una y otra vez, en espiral, hasta llegar a apaciguarse con plenitud en el climaterio. Las amigas que son reales como la vida misma, es decir, leales y vitales, saben y nos recuerdan que lo menstrual y lo menopáusico poco tiene que ver con lo metrosexual y lo metropáusico. Pero para ello hace falta que cuidemos de las amigas, que nos cuidemos cada una como lo llegaría a hacer nuestra mejor amiga o lo haríamos por ella, hace falta que cada una sea única para sus amigas, que cada amiga sea única para cada una de nosotras. Y es que sólo somos únicas en la diversidad. La amistad y la autoestima crecen juntas, vienen, van, vuelven, se multiplican pero también revuelven –afortunadamente- lo ordenado contranatura. Pues hoy también conocemos lo que antaño se sabía aunque no a través de la ciencia, y es que la oxitocina, la hormona de los cuidados y la empatía, llamada también la hormona del amor por su vital función en la concepción, gestación, parto, nacimiento y crianza, aumenta sus niveles cuando las distintas mujeres están juntas, comparten alegrías y tristezas, anécdotas, miedos, deseos y proyectos, juegos y confidencias, ayudas y remedios; en este sentido no es extraña para muchas mujeres la experiencia de haber coincidido en el ciclo menstrual con las amigas.

De hecho, el reconocimiento mutuo que las mujeres nos damos a través de nuestra amistad, constituye la gran medicina silenciada, el espejo benefactor en el que nos sentimos dignas para mirarnos y dignificadas al hacerlo. Y el laboratorio de esta antigua medicina está en la confluencia de nuestras entrañas, nuestros corazones y nuestras cabezas. Cuando la corriente de inteligencia visceral y afectiva nos recorre enteras, las mujeres contagiamos el vínculo amoroso de nuestra amistad con plenitud. Y son las amigas quienes nos recuerdan y nos abren la memoria personal y colectiva de lo que somos y podemos ser como mujeres. La amistad y la dignidad de las mujeres crecen juntas. Y es entonces cuando a ellos les podemos querer desde lo que somos y no tanto desde lo que nos falta y tememos ser. Es entonces cuando les amamos desde nuestra autoestima y no desde nuestra falta de estima propia. El vacío afectivo de identidad –que se agrava o se hace crónico en ausencia de amigas- es el que nos empuja equívocamente a regarlarnos al hombre (regalarse no es quererse como dice Benedetti), o a un hombre tras otro, en un escenario tras otro, para lograr su aprobación, para encontrar nuestra media naranja.

Las amigas de verdad, las grandes y las pequeñas, las gordas y las flacas -porque fea yo no he conocido a ninguna aunque sí un poco descuidadilla a alguna-, las amigas leales y reales, nos recuerdan y nos ayudan a comprender y a sentir, una y otra vez, tanto en las subidas como en las bajadas de las mareas, cuál es la única regla de nuestra vida: que cada mujer es una fruta más o menos madura pero entera, y esa sabiduría no es otra que la ancestral fruta prohibida a las mujeres por la depredación masculina. Somos naranjas - o manzanas -, más o menos maduras, pero enteras, por eso las amigas nos suelen repetir cariñosamente ¿te enteras o no te enteras?. Cuando las amigas deseamos estar juntas no sólo porque ellos no están -para ir a buscarlos o para olvidarlos-, cuando nos divertimos juntas y nos reímos de nuestros malos momentos, cuando vamos al cine, a hacer deporte, a pasear o de viaje juntas, cuando nos apoyamos y estimulamos para lanzarnos a una nueva aventura familiar, laboral, creativa, o de participación ciudadana, cuando nos sinceramos y nos aceptamos sin juicio ni adulación, cuando nos ayudamos y cooperamos, cuando nos atrevemos a enfadamos y a reconciliamos porque sabemos que somos reflejo las unas de las otras de nuestras recíprocas luces y sombras, cuando las mujeres tomamos conciencia del valor de nuestra mutua amistad a lo largo y ancho del viaje de la vida, entonces estamos más cerca de sentir que el planeta tierra es también y puede ser todavía nuestra acogedora casa. Ay amiga, como dice otra buena amiga, si quieres encontrar al hombre o los hombres de tu vida, cuida y disfruta la vida con tus amigas, no hagas incompatible lo necesario. Y tiene mucha ‘co-razón’.

Isabel Aler Gay
Feminista y madre
Doctora y profesora titular de Sociología de la Universidad de Sevilla."

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